Hay emociones que llegan y encuentran un lugar.

Puedes llorar.

Hablar.

Enfadarte.

Pedir ayuda.

Decir que algo te dolió.

Y hay otras emociones que llegan cuando todavía no sabes qué hacer con ellas.

No porque no las sientas.

Sino porque quizá alrededor de ti tampoco existe un lugar donde ponerlas.

Entonces haces algo que puede parecer muy sencillo:

sigues adelante.

Pero seguir adelante no siempre significa que aquello que sentías se haya ido.

CUANDO SENTIR NO TENÍA DEMASIADO ESPACIO

No todas crecimos en hogares donde las emociones tenían palabras.

A veces había amor.

Había cuidado.

Había comida.

Había responsabilidades que cumplir.

Pero no necesariamente existía una conversación sobre lo que pasaba por dentro.

Si estabas triste, se seguía adelante.

Si alguien estaba enojado, quizá se guardaba silencio.

Si algo dolía, se intentaba resolver rápidamente.

Y poco a poco podías aprender:

“Esto que siento no es tan importante.”

“No es buen momento.”

“Ya se me pasará.”

“Tengo que ser fuerte.”

Así una emoción deja de convertirse en algo que atraviesas y empieza a convertirse en algo que cargas.

NO DEJASTE DE SENTIR. APRENDISTE A FUNCIONAR.

Puedes funcionar perfectamente mientras estás emocionalmente desconectada.

Puedes trabajar.

Estudiar.

Resolver problemas.

Cuidar a otras personas.

Cumplir horarios.

Incluso sonreír.

Y al mismo tiempo no saber responder cuando alguien te pregunta:

“¿Qué estás sintiendo?”

Porque quizá aprendiste durante años a preguntarte otra cosa:

“¿Qué tengo que hacer?”

Hacer.

Resolver.

Cumplir.

Seguir.

Puedes volverte extraordinariamente funcional
y, al mismo tiempo, perder poco a poco el contacto con tu mundo emocional.

EL CUERPO REGISTRA LO QUE NO SE NOMBRA

Callar una emoción no significa eliminarla.

A veces simplemente cambia de lenguaje.

Puede aparecer como tensión.

Como cansancio.

Como dificultad para descansar.

Como una sensación constante de tener que estar haciendo algo.

Como ansiedad.

Como irritabilidad.

O como una urgencia por encontrar alivio.

En mi propia historia comprendí que había tragado preguntas, palabras y emociones que nunca habían encontrado un lugar claro.

Y mi cuerpo había estado allí todo el tiempo.

El cuerpo puede convertirse en el lugar donde termina aquello que nunca supimos dónde colocar.

CUANDO LA COMIDA OCUPA ESE ESPACIO

Si una emoción aparece y no sabes cómo acompañarla, necesitas hacer algo con la intensidad que genera.

Algunas personas se mantienen ocupadas.

Otras trabajan más.

Algunas controlan.

Otras se desconectan.

Y a veces aparece la comida.

Comer cambia por unos minutos la experiencia.

Hay placer.

Distracción.

Pausa.

Una sensación de alivio.

Por eso el hambre emocional no siempre está diciendo:

“Quiero comida.”

A veces está diciendo:

“No sé qué hacer con esto que siento.”

La comida puede convertirse en el lenguaje que aparece cuando la emoción todavía no tiene palabras.

NO TODAS LAS EMOCIONES FUERON IGUAL DE PERMITIDAS

Quizá había emociones que podías mostrar con más facilidad.

Alegría.

Gratitud.

Entusiasmo.

Pero otras podían sentirse más difíciles.

Enojo.

Tristeza.

Celos.

Frustración.

Decepción.

Necesidad.

Quizá aprendiste que llorar demasiado era ser intensa.

Que enfadarte era ser problemática.

Que pedir era molestar.

Que decir “no puedo” era debilidad.

Entonces empezaste a editarte emocionalmente.

No mostrabas lo que sentías.
Mostrabas aquello que parecía más fácil para los demás recibir.

LA RABIA QUE SE CONVIERTE EN CULPA

El enojo merece una atención especial.

Muchas mujeres aprendieron que enfadarse era peligroso.

Entonces alguien cruza un límite.

Algo te molesta.

Quieres decir que no.

Pero en lugar de expresarlo, intentas comprender a la otra persona.

Minimizas lo que ocurrió.

Sigues adelante.

Y después esa emoción puede volverse contra ti.

Te criticas.

Te exiges.

Comes.

Y luego te culpas por haber comido.

A veces terminas castigándote por una emoción que nunca te permitiste expresar hacia donde realmente pertenecía.

LA TRISTEZA QUE NO TUVO QUIÉN LA SOSTUVIERA

Hay tristezas que no necesitan soluciones.

Necesitan presencia.

Alguien que pueda quedarse.

Alguien que no diga inmediatamente:

“No llores.”
“Todo pasa.”
“Tienes que ser fuerte.”

Solo alguien capaz de decir:

“Entiendo. Estoy aquí.”

Cuando esa experiencia no estuvo disponible, quizá aprendiste a consolarte como pudiste.

Y quizá durante un tiempo la comida fue una de esas maneras.

No porque confundieras conscientemente comida con amor.

Sino porque ofrecía algo inmediato:

calor.

placer.

presencia.

una pausa.

EL DUELO QUE TUVO QUE SEGUIR FUNCIONANDO

No todos los duelos reciben espacio suficiente.

A veces algo termina y tienes que regresar al trabajo.

Una relación se rompe y tienes responsabilidades que continuar.

Pierdes algo importante y el mundo sigue moviéndose como si nada hubiera pasado.

Entonces haces lo necesario.

Funcionas.

Pero funcionar no significa que terminaste de sentir.

Hay pérdidas que siguen apareciendo en momentos inesperados.

En cansancio.

En irritabilidad.

En ansiedad.

En una sensación de vacío.

En ganas de comer aunque físicamente estés satisfecha.

Algunas emociones no necesitan que las superes rápido.
Necesitan que finalmente les permitas existir.

SENTIR NO SIGNIFICA QUEDARTE ATRAPADA EN LA EMOCIÓN

Dar espacio a una emoción no significa alimentar el dolor indefinidamente.

Tampoco significa analizar cada sensación durante horas.

Significa algo mucho más sencillo.

Reconocer:

“Estoy triste.”

O:

“Estoy enojada.”

O:

“Tengo miedo.”

Y permitir que esa experiencia esté presente sin tener que convertirla inmediatamente en comida, productividad, control o autocastigo.

Sentir una emoción no significa obedecerla.
Significa dejar de necesitar escapar de ella en el instante en que aparece.

ANTES DE PREGUNTARTE QUÉ DEBES HACER, PREGUNTA QUÉ SIENTES

La próxima vez que aparezca una urgencia difícil de explicar, prueba detenerte unos segundos.

No para controlarte.

Para escucharte.

Pregúntate:

¿Qué emoción está más presente ahora mismo?

¿Qué ocurrió antes de que apareciera esta urgencia?

¿Hay algo que estoy intentando no sentir?

¿Hay algo que necesito decir?

¿Necesito llorar, descansar, poner un límite o pedir apoyo?

¿Qué cambiaría si no intentara arreglar esta emoción inmediatamente?

No tienes que encontrar siempre una gran historia detrás.

A veces basta con reconocer lo que está ocurriendo hoy.

DAR ESPACIO TAMBIÉN ES APRENDER A QUEDARTE

Quizá durante mucho tiempo aprendiste a huir.

Hacia la comida.

Hacia el trabajo.

Hacia el control.

Hacia el perfeccionismo.

Hacia cualquier lugar que te permitiera no sentir demasiado.

Hoy puedes aprender algo diferente.

Quedarte.

Respirar.

Nombrar.

Sentir sin castigarte.

Pedir lo que necesitas.

Y comprobar poco a poco que una emoción puede atravesarte sin destruirte.

Quizá sanar no consiste en sentir menos.
Consiste en dejar de estar sola cuando sientes.

LO QUE NUNCA TUVO ESPACIO PUEDE EMPEZAR A TENERLO AHORA

No puedes cambiar el lugar que ciertas emociones tuvieron en tu infancia.

Pero sí puedes cambiar el lugar que tienen hoy.

Hoy puedes escuchar lo que antes minimizabas.

Llorar lo que postergaste.

Reconocer el enojo antes de convertirlo en culpa.

Admitir que estás cansada antes de obligarte a seguir.

Decir que algo duele.

Decir que necesitas.

Decir que no.

Y cada vez que haces eso, algo cambia.

Porque la emoción ya no necesita gritar tan fuerte para ser escuchada.

Lo que nunca tuvo espacio no desapareció.
Esperó una forma segura de ser sentido.
Quizá hoy puedes empezar a ofrecerle ese lugar.
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