Tal vez conoces este ciclo.
Te despiertas convencida de que esta vez será diferente. Hoy sí vas a comer bien. Hoy sí vas a controlarte. Hoy sí vas a cumplir lo que te prometiste.
Y durante algunas horas, quizá incluso durante algunos días, lo consigues.
Hasta que llega una tarde difícil. Una discusión. El cansancio. La soledad. La ansiedad. Una sensación que ni siquiera sabes explicar.
Y casi sin darte cuenta, vuelves a la comida.
Durante unos minutos algo dentro de ti parece calmarse. Pero después llega la culpa.
“¿Por qué volví a hacerlo?”
“¿Por qué no puedo controlarme?”
Entonces decides que necesitas más disciplina, más reglas, más control.
Y vuelves a comenzar.
Yo conozco muy bien ese ciclo.
Durante muchos años pensé que tenía un problema con la comida. No porque no supiera qué debía comer. Sabía muchísimo sobre alimentación y podía ser extremadamente disciplinada.
Pero había algo que ninguna dieta conseguía resolver.
Hasta que un día dejé de preguntarme cómo podía controlarme más y empecé a hacerme una pregunta completamente diferente:
¿Y si la comida nunca fue realmente el problema?
¿QUÉ ESTÁ HACIENDO LA COMIDA POR TI?
Cuando una conducta nos hace sufrir, nuestra primera reacción suele ser intentar eliminarla.
¿Cómo dejo de comer así?
¿Cómo controlo mis antojos?
¿Cómo consigo tener más fuerza de voluntad?
Pero todas esas preguntas parten de una misma idea: que la conducta es el problema.
¿Y si eso que llevas años intentando eliminar estuviera cumpliendo una función?
En lugar de preguntarme:
“¿Cómo consigo dejar de hacerlo?”
comencé a preguntarme:
“¿Qué está haciendo esto por mí?”
Y esa pregunta cambió mi manera de comprenderme.
Porque la comida no siempre responde únicamente al hambre física.
A veces se convierte en pausa. En compañía. En recompensa. En consuelo. En una manera de desconectarnos durante unos minutos de aquello que no sabemos cómo sostener.
En mi propia historia comprendí que muchas emociones para las que no había tenido palabras habían encontrado otra forma de expresarse.
Y durante mucho tiempo, la comida fue una de ellas.
TAL VEZ NO ESTABAS BUSCANDO COMIDA
Piensa en esos momentos en los que quieres comer aunque sabes que físicamente no tienes hambre.
¿Qué estaba ocurriendo justo antes?
Quizá estabas agotada después de pasar todo el día resolviendo problemas. Quizá alguien dijo algo que te hizo sentir rechazada. Quizá llegaste a casa después de cuidar de todos y ese es el primer momento del día en el que puedes dejar de funcionar.
Quizá estás sola. Ansiosa. Aburrida. Triste.
O quizá ni siquiera sabes qué estás sintiendo.
Solo sabes que quieres comer.
Entonces comes.
Y durante algunos minutos hay placer, distracción, alivio.
Eso no significa que cada antojo esconda una herida emocional ni que todo lo relacionado con la alimentación tenga un origen emocional.
A veces intentamos resolver con comida una necesidad que no es alimentaria.
Y mientras sigamos mirando únicamente lo que hay en el plato, será difícil escuchar lo que realmente estamos necesitando.
DE CONTROLAR A COMPRENDER
Aquí comienza una de las guerras más dolorosas.
Si la comida se convirtió en una forma de alivio y después intentas eliminarla únicamente mediante prohibiciones, no necesariamente has resuelto aquello que te llevaba a buscarla.
Entonces aparece el ciclo:
Control.
Impulso.
Comida.
Culpa.
Promesa.
Y otra vez control.
Con cada vuelta puedes terminar llegando a la misma conclusión:
“El problema soy yo.”
Yo también lo pensé.
Llegué a utilizar una disciplina extrema para controlar mi cuerpo. Dietas, entrenamiento, reglas y exigencia.
Incluso conseguí el cuerpo que durante años había perseguido.
Pero algo seguía sin estar en paz.
Porque había aprendido a controlar mi cuerpo sin haber aprendido todavía a comprenderlo.
NO NECESITAS JUSTIFICARLO. NECESITAS COMPRENDERLO.
Comprender una conducta no significa justificarla.
Significa dejar de atacarte el tiempo suficiente para descubrir qué hay detrás de ella.
Mientras tu conversación interna sea:
“Soy un desastre.”
“No tengo disciplina.”
“Siempre arruino todo.”
toda tu energía estará concentrada en castigarte.
Pero cuando cambias:
“¿Qué me pasa?”
por:
“¿Qué estoy intentando sostener a través de esto?”
aparece información.
Y con esa información aparece algo que antes no tenías:
la posibilidad de elegir diferente.
ANTES DE INTENTAR CAMBIARLO, ESCÚCHALO
La próxima vez que aparezca ese impulso, prueba algo diferente.
Antes de juzgarte, pregúntate:
¿Qué ocurrió justo antes de que quisiera comer?
¿Qué estoy sintiendo ahora mismo?
¿Qué espero que la comida haga por mí?
¿Qué necesito realmente en este momento?
No necesitas encontrar una respuesta perfecta.
Solo observar.
Porque quizá por primera vez, en lugar de vigilar lo que comes, estás empezando a escuchar lo que necesitas.
LA COMIDA CUENTA UNA HISTORIA
Tal vez llevas años intentando cambiar lo que aparece al final del proceso: el plato, el antojo, el impulso, el peso.
Pero detrás de una conducta puede existir una historia mucho más larga.
Una historia de emociones que aprendiste a callar. De necesidades que aprendiste a posponer. De momentos en los que tuviste que seguir funcionando cuando lo que realmente necesitabas era detenerte.
Por eso dejé de preguntarme solamente:
“¿Qué estoy comiendo?”
y comencé a preguntarme:
“¿Qué estoy viviendo?”
Quizá hoy tú también puedas empezar por ahí.
No preguntándote únicamente cómo dejar de comer.
Sino atreviéndote a preguntar:
¿Qué ha estado haciendo la comida por mí que todavía no he aprendido a hacer por mí misma?
No necesitas responder ahora.
Solo necesitas empezar a escuchar.
Porque quizá la comida nunca fue el problema.
Quizá estaba intentando resolver algo.
La comida no siempre es el problema.
A veces es la solución que aprendiste cuando todavía no conocías otra.



