Hay cosas de tu historia que quizá ya casi no recuerdas.

Momentos que aprendiste a minimizar.

Emociones que no supiste nombrar.

Necesidades que aprendiste a guardar.

Experiencias que quedaron tan atrás que hoy puedes decir:

“Eso ya pasó.”

Y sí.

Pasó.

Pero que algo haya terminado no significa necesariamente que hayas dejado de responder a lo que aprendiste mientras ocurría.

Porque algunas experiencias no permanecen en nuestra vida como recuerdos conscientes.

Permanecen como formas de reaccionar.

Como maneras de protegernos.

Como tensión.

Como miedo.

Como necesidad de control.

Como dificultad para descansar.

O incluso como una relación con la comida que hoy no conseguimos comprender.

A veces la mente dice: “eso quedó atrás”.
Mientras el cuerpo todavía responde como si necesitara protegerte de aquello que aprendió entonces.

NO TODO LO QUE OLVIDAMOS DESAPARECE

Olvidar no siempre significa resolver.

A veces simplemente seguimos adelante.

Porque eso era lo que había que hacer.

Éramos niñas.

No entendíamos lo que ocurría.

No teníamos palabras.

No sabíamos pedir.

No podíamos cambiar las circunstancias.

Así que aprendimos a adaptarnos.

Algunas aprendimos a callar.

Otras a complacer.

Otras a ser excelentes.

Otras a no necesitar.

Otras a anticipar constantemente lo que los demás esperaban.

Y algunas encontramos en la comida una forma de sentir aquello que no sabíamos cómo recibir de otra manera.

Lo que un día fue una adaptación puede seguir funcionando años después,
incluso cuando ya no recuerdas por qué empezaste a necesitarla.

EL CUERPO APRENDE ANTES DE QUE PODAMOS EXPLICAR

Cuando eres niña no analizas tu experiencia como lo harías hoy.

No piensas:

“Esta situación está generando inseguridad emocional en mí.”

Simplemente sientes.

Sientes cuando alguien se va.

Sientes cuando no sabes qué va a pasar.

Sientes cuando necesitas atención.

Sientes cuando hay tensión alrededor.

Sientes cuando expresarte no parece seguro.

Sientes cuando debes portarte bien, no molestar, ser fuerte o hacer lo necesario para pertenecer.

Y mientras quizá no tienes palabras para explicar nada de eso, vas aprendiendo cómo sobrevivir emocionalmente dentro de ese mundo.

Antes de poder contar tu historia,
ya estabas aprendiendo cómo sentirte segura dentro de ella.

MUCHAS VECES NO RECORDAMOS EL MOMENTO, RECORDAMOS LA RESPUESTA

Quizá no recuerdas cuándo empezaste a sentir que debías hacerlo todo bien.

Pero hoy equivocarte te produce ansiedad.

Quizá no recuerdas cuándo aprendiste que tus necesidades podían esperar.

Pero hoy te cuesta muchísimo ponerte primero.

Quizá no recuerdas cuándo aprendiste a no incomodar.

Pero hoy dices que sí cuando quieres decir que no.

Quizá no recuerdas cuándo la comida empezó a sentirse como consuelo.

Pero hoy, cuando algo duele, tu mente vuelve hacia ella.

Ahí es donde muchas veces buscamos explicaciones en el presente para respuestas que comenzaron mucho antes.

Tal vez no recuerdas cuándo aprendiste el patrón.
Pero puedes reconocerlo en la forma en la que reaccionas hoy.

LO QUE HOY LLAMAS “EXAGERACIÓN” PUEDE TENER UNA HISTORIA

A veces reaccionas con una intensidad que ni tú misma comprendes.

Alguien hace un comentario y te afecta durante horas.

Una persona tarda en responder y aparece inquietud.

Sientes que alguien está decepcionado contigo y necesitas arreglarlo inmediatamente.

Tu cuerpo cambia y aparece miedo.

Rompes una regla con la comida y sientes que todo se salió de control.

Entonces te dices:

“No debería sentirme así.”

Pero quizá la pregunta no sea si tu reacción es demasiado grande.

Quizá la pregunta sea:

“¿Qué significa esto para mí?”

A veces reaccionamos al momento presente
con todo lo que ese momento representa para nuestra historia.

EL CUERPO PUEDE APRENDER A ANTICIPARSE

Cuando algo se repite suficientes veces, empezamos a anticiparlo.

Antes de que ocurra.

Antes de tener pruebas.

Antes incluso de comprender conscientemente qué nos preocupa.

Quizá alguien cambia el tono de voz y ya sientes tensión.

Quizá sabes que tendrás una conversación difícil y aparece el deseo de comer.

Quizá llega el final del día y automáticamente empiezas a pensar en comida.

Quizá estás a punto de hacer algo nuevo y de repente quieres abandonar.

No siempre existe una decisión consciente detrás.

A veces existe una respuesta aprendida.

Lo conocido puede sentirse más seguro que lo nuevo,
incluso cuando lo conocido ya no es lo que quieres para tu vida.

POR ESO NO SIEMPRE BASTA CON DECIR “YA LO SUPERÉ”

Puedes comprender intelectualmente tu historia.

Puedes hablar de ella.

Puedes saber exactamente lo que ocurrió.

Incluso puedes haber perdonado.

Y aun así descubrir que ciertos patrones continúan apareciendo.

Esto puede resultar frustrante.

Porque piensas:

“Pero yo ya trabajé esto.”

Y quizá sí.

Pero comprender algo mentalmente y construir una respuesta diferente frente a aquello no siempre ocurren al mismo tiempo.

Saber de dónde viene un patrón puede abrir la puerta.
Pero después necesitas vivir suficientes experiencias nuevas para dejar de responder como antes.

LA COMIDA TAMBIÉN PUEDE CONVERTIRSE EN MEMORIA DE ALIVIO

Piensa en todas las veces que la comida estuvo presente.

En celebraciones.

En momentos familiares.

Cuando estabas triste.

Cuando estabas aburrida.

Cuando necesitabas una pausa.

Cuando querías sentir placer.

Cuando necesitabas compañía.

Si una y otra vez comer produjo alivio, aunque fuera durante unos minutos, tiene sentido que esa asociación pueda permanecer.

Por eso hay momentos en los que la comida aparece en tu mente antes incluso de que hayas identificado qué estás sintiendo.

No porque conscientemente hayas decidido escapar.

Sino porque aprendiste una ruta.

La comida puede convertirse en un camino conocido hacia el alivio.
Y los caminos conocidos son los primeros que recorremos cuando no sabemos qué hacer con lo que sentimos.

NO TODO LO QUE TU CUERPO APRENDIÓ SIGUE SIENDO NECESARIO

Aquí comienza una parte importante del cambio.

Honrar una respuesta no significa tener que conservarla para siempre.

Puedes reconocer:

“Esto tuvo sentido.”

Y al mismo tiempo decir:

“Pero hoy quiero aprender otra manera.”

Quizá callar te protegió.

Hoy puedes aprender a hablar.

Quizá complacer te ayudó a sentir pertenencia.

Hoy puedes aprender a poner límites.

Quizá controlar te dio seguridad.

Hoy puedes construir confianza.

Quizá la comida te sostuvo emocionalmente.

Hoy puedes ampliar las maneras en las que te sostienes.

Comprender por qué apareció una protección
te permite agradecer lo que hizo por ti sin obligarte a vivir dentro de ella para siempre.

TU CUERPO NO NECESITA QUE LO CONVENZAS DE QUE EL PASADO TERMINÓ

Necesita experiencias nuevas.

No solamente pensamientos nuevos.

Necesita experimentar que puedes decir que no y seguir siendo querida.

Que puedes descansar y seguir siendo valiosa.

Que puedes equivocarte y no castigarte.

Que puedes sentir una emoción sin tener que apagarla inmediatamente.

Que puedes comer algo diferente sin convertirlo en una emergencia.

Que puedes poner un límite y permanecer contigo aunque alguien no esté de acuerdo.

Esas experiencias empiezan a construir una realidad diferente.

La seguridad no se aprende solamente diciéndote “estoy segura”.
Se aprende viviendo una y otra vez experiencias en las que descubres que puedes quedarte contigo.

LA SANACIÓN NO CONSISTE EN RECORDARLO TODO

No necesitas reconstruir cada momento de tu infancia.

Ni encontrar una explicación perfecta para cada conducta.

Ni recordar exactamente cuándo comenzó cada patrón.

Tu vida actual ya contiene mucha información.

Observa lo que te activa.

Lo que te cuesta pedir.

Lo que no puedes tolerar.

Lo que intentas controlar.

Lo que haces cuando estás triste.

Lo que ocurre cuando sientes rechazo.

Lo que buscas cuando necesitas consuelo.

Ahí puedes empezar.

No necesitas recordar cada página de tu historia
para reconocer las frases que todavía estás repitiendo.

EN LUGAR DE PREGUNTAR “¿QUÉ ESTÁ MAL CONMIGO?”

Esta pregunta cambia profundamente cuando empiezas a mirar tu historia.

Antes:

“¿Por qué soy así?”

Ahora:

“¿Qué aprendí para llegar a responder así?”

Antes:

“¿Por qué no puedo controlarme?”

Ahora:

“¿Qué intenta regular esta conducta?”

Antes:

“¿Por qué sigo haciendo lo mismo?”

Ahora:

“¿Qué parte de mí todavía cree que necesita esta respuesta?”

Las conductas dejan de parecer defectos incomprensibles y empiezan a convertirse en pistas.

Cuando cambias juicio por curiosidad,
tu historia deja de ser una condena y empieza a convertirse en información.

PRUEBA ESCUCHAR LO QUE APARECE HOY

La próxima vez que una reacción te sorprenda, no necesitas analizar toda tu vida.

Empieza por el presente.

Pregúntate:

¿Qué estoy sintiendo en mi cuerpo ahora mismo?

¿Qué ocurrió justo antes de sentirlo?

¿Qué temo que pueda pasar?

¿Qué estoy intentando controlar?

¿Qué necesito proteger?

¿Esta sensación pertenece solamente a este momento o me resulta conocida?

¿Qué necesitaría hoy para responder de una manera diferente?

No busques necesariamente una gran revelación.

A veces la transformación empieza simplemente reconociendo:

“Ah. Esto es lo que hago cuando me siento así.”

Esa pequeña pausa ya crea espacio.

Y donde antes había una reacción automática, empieza a aparecer una posibilidad de elección.

NO SE TRATA DE CULPAR AL PASADO

Comprender tu historia no significa vivir atrapada en ella.

Tampoco significa buscar culpables.

Para mí, mirar hacia atrás nunca tuvo sentido si no me ayudaba a vivir diferente hacia adelante.

El objetivo no es utilizar el pasado como explicación permanente.

Es comprender de dónde vienen ciertas respuestas para dejar de confundirlas con quien eres.

Porque una cosa es decir:

“Yo soy así.”

Y otra muy diferente:

“Yo aprendí a responder así.”

Si lo aprendiste, también puedes construir algo nuevo.

Tu historia puede explicar muchas de tus respuestas.
No tiene que decidir para siempre quién vas a ser.

EL CUERPO TAMBIÉN PUEDE APRENDER ALGO NUEVO

Esta es la parte que más esperanza me da.

Si aprendiste a protegerte, también puedes aprender seguridad.

Si aprendiste a callar, puedes aprender a expresarte.

Si aprendiste a controlar, puedes aprender a confiar.

Si aprendiste a utilizar la comida como único refugio, puedes construir otras formas de sostén.

No ocurre de un día para otro.

Ocurre en pequeñas experiencias repetidas.

Cada vez que te escuchas.

Cada vez que respetas un límite.

Cada vez que eliges no castigarte.

Cada vez que reconoces una emoción.

Cada vez que permaneces contigo en lugar de abandonarte.

Poco a poco, algo nuevo empieza a sentirse posible.

El cuerpo puede recordar lo que viviste.
Pero también puede aprender lo que estás viviendo ahora.

QUIZÁ TU CUERPO NUNCA ESTUVO EN TU CONTRA

Tal vez durante años viste tus reacciones como problemas.

El hambre emocional.

La ansiedad.

La necesidad de controlar.

La dificultad para descansar.

El miedo a equivocarte.

El impulso de complacer.

Pero cuando empiezas a mirar estas respuestas desde tu historia, aparece otra posibilidad.

Quizá no eran pruebas de que algo estaba mal contigo.

Quizá eran estrategias.

Formas que aprendiste para atravesar aquello que en algún momento no sabías cómo atravesar de otra manera.

Y hoy ya no eres aquella versión de ti.

Hoy puedes escuchar.

Elegir.

Poner límites.

Pedir ayuda.

Quedarte.

Cuidarte de una forma diferente.

El cuerpo recuerda lo que la mente aprendió a olvidar.
No para mantenerte atrapada en el pasado, sino porque alguna vez aprendió a protegerte allí.
Y cuando empiezas a comprender su lenguaje, puedes enseñarle que hoy existe otra manera de estar contigo.
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