Hay cosas que puedes comprender perfectamente y, aun así, seguir sintiendo.
Puedes saber que algo terminó.
Puedes entender por qué ocurrió.
Puedes haber perdonado, hablado, reflexionado e incluso pensar:
“Eso ya lo trabajé.”
Y, sin embargo, basta una mirada, una crítica, una discusión o una sensación conocida para que algo dentro de ti vuelva a activarse.
Tu mente sabe que estás en el presente.
Pero tu cuerpo responde como si conociera esa sensación desde hace mucho tiempo.
Porque entender una historia no significa necesariamente que el cuerpo haya dejado de recordarla.
LA MENTE EXPLICA. EL CUERPO EXPERIMENTA.
La mente tiene una capacidad extraordinaria para organizar nuestra historia.
Puede poner palabras a lo vivido.
Puede encontrar explicaciones.
Puede comprender por qué nuestros padres actuaron de determinada manera, por qué una relación terminó o por qué atravesamos ciertos momentos difíciles.
Y todo eso puede ser profundamente valioso.
Pero hay aprendizajes que no quedaron guardados únicamente como pensamientos.
También quedaron asociados a sensaciones.
Tensión.
Urgencia.
Miedo.
Soledad.
Vergüenza.
Necesidad de protegerte.
Por eso puedes saber racionalmente que una situación es diferente y aun así sentir una reacción muy conocida en tu cuerpo.
La mente puede decir “ya pasó”.
El cuerpo necesita experimentar que ahora es diferente.
HAY REACCIONES QUE PARECEN NO TENER SENTIDO
Quizá te ha ocurrido.
Alguien hace un comentario aparentemente pequeño y tú sientes una reacción enorme.
Una persona tarda en responderte y aparece una ansiedad que parece desproporcionada.
Estás cansada y de repente sientes una urgencia intensa por comer.
Te miras al espejo y una parte de ti empieza a hablarte con una dureza que ni siquiera utilizarías con otra persona.
Entonces te preguntas:
“¿Por qué reacciono así si sé que no debería sentirme de esta manera?”
Pero las emociones no siempre responden a lo que “deberíamos” sentir.
A veces responden a asociaciones antiguas.
A experiencias que nuestro cuerpo aprendió a reconocer rápidamente.
En mi libro hablo de cómo ciertas reacciones pueden aparecer antes de que la mente tenga tiempo de interpretarlas: el cuerpo se tensa, se acelera y busca alivio. En esos momentos, la comida puede aparecer como una estrategia aprendida para regular esa activación.
LA COMIDA TAMBIÉN PUEDE CONVERTIRSE EN MEMORIA
Si durante mucho tiempo la comida estuvo presente en momentos de soledad, cansancio, estrés o tristeza, tu sistema puede haber aprendido una asociación.
Malestar.
Comida.
Alivio.
No porque seas incapaz de controlarte.
Sino porque aquello funcionó.
Quizá no solucionó lo que ocurría.
Pero durante unos minutos cambió cómo te sentías.
Y cuando una estrategia ofrece alivio repetidamente, puede convertirse en una respuesta cada vez más automática.
El cuerpo recuerda aquello que alguna vez le ayudó a sentirse un poco más seguro.
El problema no es que esa estrategia haya existido.
El problema aparece cuando se convierte en la única forma que conoces para regularte.
SABER MUCHO SOBRE TI NO SIEMPRE ES SUFICIENTE
Esta fue una comprensión importante para mí.
Durante años fui muy buena entendiendo.
Analizando.
Buscando explicaciones.
Poniendo palabras.
Pero existe una diferencia entre poder explicar una experiencia y poder permanecer contigo cuando esa experiencia se activa dentro de ti.
Puedes saber exactamente por qué te sientes sola.
Pero cuando llega la soledad, quizá todavía quieras escapar de ella.
Puedes comprender de dónde viene tu autoexigencia.
Pero quizá tu cuerpo todavía se tense cuando cometes un error.
Puedes saber que no necesitas comida.
Y aun así sentir una urgencia enorme por buscarla.
Comprender abre la puerta.
Pero el cuerpo necesita vivir algo nuevo para aprender algo nuevo.
EL CUERPO APRENDE CON EXPERIENCIAS REPETIDAS
No necesitas convencerte una sola vez de que estás segura.
Necesitas empezar a construir experiencias en las que puedas sentirlo.
Cada vez que aparece una emoción incómoda y puedes quedarte contigo unos segundos antes de reaccionar, estás creando información nueva.
Cada vez que puedes pausar antes de comer automáticamente, aparece una posibilidad nueva.
Cada vez que cometes un error y eliges no castigarte, algo cambia.
Cada vez que pones un límite y descubres que puedes sobrevivir a la incomodidad, tu experiencia se amplía.
Cada vez que descansas sin tener que ganártelo primero, estás cuestionando una regla antigua.
Algo que he comprendido profundamente en este proceso es que la mente puede entender muy rápido, pero el cuerpo aprende de otra manera: necesita repetición, paciencia y experiencias coherentes que le permitan descubrir que ahora puede responder distinto.
No se trata de dominar tu reacción.
Se trata de ofrecerle una experiencia diferente.
ANTES DE REACCIONAR, OBSERVA
La próxima vez que notes una reacción intensa, intenta no empezar preguntándote:
“¿Cómo hago para dejar de sentir esto?”
Prueba algo diferente.
Pregúntate:
¿Qué acaba de ocurrir?
¿Dónde siento esta reacción en mi cuerpo?
¿Esta sensación me resulta conocida?
¿Qué impulso aparece inmediatamente después?
¿Qué necesitaría para quedarme conmigo unos segundos antes de reaccionar?
No necesitas analizar toda tu infancia en ese momento.
Tampoco necesitas encontrar una explicación perfecta.
A veces basta con reconocer:
“Mi cuerpo está reaccionando.”
Y recordar que una reacción no es una orden.
PUEDES CREAR UNA MEMORIA DIFERENTE
Tu historia influye en ti.
Pero no tiene que seguir siendo la única referencia disponible.
Hoy puedes construir experiencias nuevas.
Puedes aprender que sentir una emoción no significa que tengas que escapar.
Que sentir ansiedad no significa automáticamente que necesites comer.
Que equivocarte no significa que hayas fallado.
Que poner un límite no significa necesariamente perder amor.
Que descansar no significa ser irresponsable.
Y que estar dentro de tu cuerpo puede convertirse poco a poco en una experiencia más segura.
El pasado puede haber enseñado muchas de tus respuestas.
El presente también puede enseñarte otras.
Quizá de eso se trata este proceso.
No de obligar al cuerpo a olvidar.
Sino de darle suficientes experiencias nuevas para que ya no necesite responder siempre desde lo que ocurrió antes.
El cuerpo recuerda lo que viviste.
Pero también puede aprender lo que hoy eres capaz de darte.



