Durante mucho tiempo nos hicieron creer que cambiar era una cuestión de voluntad.

Si realmente quieres algo, lo haces.

Si tienes suficiente disciplina, lo sostienes.

Si abandonas, es porque no lo querías lo suficiente.

Y cuando esa idea se repite durante años, cualquier dificultad termina convirtiéndose en un juicio personal.

“Me falta fuerza de voluntad.”

“No tengo disciplina.”

“Siempre termino saboteándome.”

“Nunca logro sostener nada.”

Pero ¿y si el problema nunca hubiera sido que no quieres cambiar?

A veces quieres cambiar conscientemente
y, al mismo tiempo, otra parte de ti todavía necesita aquello que estás intentando dejar atrás.

QUERER CAMBIAR NO SIGNIFICA SENTIRTE SEGURA CAMBIANDO

Puedes querer profundamente una vida diferente.

Puedes querer cuidar tu cuerpo.

Comer de otra manera.

Moverte.

Descansar.

Poner límites.

Elegirte.

Y aun así encontrar resistencia.

Porque una cosa es lo que deseas conscientemente.

Y otra es lo que tu historia aprendió que era seguro.

Si durante años la comida te ayudó a calmarte, dejar de utilizarla de la misma manera puede sentirse amenazante.

Si estar disponible para todos te ayudó a sentirte querida, poner límites puede generar culpa.

Si exigirte fue la manera en la que aprendiste a avanzar, tratarte con suavidad puede parecer peligroso.

No toda resistencia significa que no quieres cambiar.
A veces significa que una parte de ti todavía no sabe quién será cuando cambie.

LA FUERZA DE VOLUNTAD FUNCIONA... HASTA QUE DEJA DE FUNCIONAR

La voluntad puede ayudarte a empezar.

Puedes decidir seguir un plan.

Organizar tus comidas.

Ir al gimnasio.

Levantarte temprano.

Cumplir durante varios días.

Incluso durante meses.

Pero llega un día difícil.

Una discusión.

Cansancio.

Estrés.

Soledad.

Una emoción que no sabes procesar.

Y de repente aquella estructura que parecía tan sólida se vuelve mucho más difícil de sostener.

Entonces concluyes:

“Otra vez fallé.”

Pero quizá no falló tu voluntad.

Quizá apareció una necesidad para la que todavía no habías construido otro recurso.

La voluntad puede ayudarte a controlar una conducta durante un tiempo.
Pero no siempre puede resolver la necesidad que existe debajo de ella.

NO PUEDES DISCIPLINAR UNA NECESIDAD EMOCIONAL HASTA QUE DESAPAREZCA

Si comes porque estás físicamente hambrienta, necesitas alimento.

Pero si comes porque estás intentando calmar ansiedad, la disciplina no elimina la ansiedad.

Si comes porque te sientes sola, una regla alimentaria no resuelve la soledad.

Si comes porque estás agotada, prohibirte comer no te da descanso.

Si comes porque llevas todo el día conteniéndote, más control puede convertirse precisamente en aquello que aumenta la tensión.

Una de las cosas que más transformó mi manera de entender el cambio fue reconocer esto: muchas veces intentamos corregir la conducta sin atender la necesidad que la sostiene.

No puedes resolver una necesidad emocional
únicamente imponiendo una regla sobre la conducta que utilizas para calmarla.

POR ESO PUEDES SABER PERFECTAMENTE QUÉ HACER Y NO HACERLO

Probablemente sabes muchas cosas sobre nutrición.

Sabes qué alimentos te hacen sentir bien.

Sabes que dormir es importante.

Sabes que moverte te ayuda.

Sabes que comer hasta sentirte incómoda no te hace sentir bien después.

Entonces, ¿por qué el conocimiento no siempre cambia la conducta?

Porque saber no es lo mismo que poder sostener.

Puedes conocer la respuesta racional y aun así tener una respuesta emocional completamente diferente.

Puedes saber:

“No necesito comer ahora.”

Y sentir:

“Necesito algo que me haga sentir mejor.”

Las dos cosas pueden existir al mismo tiempo.

No siempre hacemos lo que sabemos.
Muchas veces hacemos aquello que hemos aprendido a utilizar para sentirnos seguras.

EL PROBLEMA DE EMPEZAR SIEMPRE DESDE EL CONTROL

Cuando crees que te falta voluntad, la respuesta parece evidente:

necesitas controlarte más.

Entonces creas nuevas reglas.

Eliminas alimentos.

Prometes empezar el lunes.

Diseñas un plan más estricto.

Intentas hacerlo perfecto.

Y durante unos días quizá funciona.

Hasta que vuelve a aparecer la misma necesidad.

Y como el plan nunca la atendió, vuelves a la estrategia conocida.

Entonces interpretas el regreso como fracaso y respondes con todavía más control.

Control → tensión → ruptura → culpa → más control.

Durante mucho tiempo pensé que necesitaba encontrar el plan que finalmente me hiciera sostenerlo.

Con el tiempo comprendí que mientras siguiera respondiendo al mismo patrón con más exigencia, podía cambiar las reglas sin cambiar realmente la relación conmigo.

A VECES LO QUE LLAMAS AUTOSABOTAJE ES PROTECCIÓN

Esta fue otra comprensión importante.

Hay momentos en los que una parte de ti quiere avanzar y otra parece tirar en dirección contraria.

Lo llamamos autosabotaje.

Pero antes de atacarlo, vale la pena preguntar:

“¿Qué intenta evitar esta parte de mí?”

Tal vez cambiar significa exponerte.

Ser vista.

Dejar atrás una identidad conocida.

Hacer algo diferente a tu familia.

Poner límites que antes no ponías.

O descubrir quién eres cuando ya no necesitas luchar constantemente contigo.

A veces una conducta que parece ir en contra de tus objetivos también puede estar intentando protegerte de algo que todavía se siente incierto.

Antes de preguntarte por qué te saboteas,
pregúntate qué podría estar intentando proteger esa resistencia.

LA DISCIPLINA NO ES EL ENEMIGO

Esto tampoco significa que la disciplina no importe.

La disciplina puede ser hermosa.

Puede ayudarte a cuidarte.

A sostener decisiones.

A crear estructura.

A cumplir compromisos contigo.

El problema aparece cuando utilizas disciplina para pelear contra ti.

Cuando se convierte en castigo.

En amenaza.

En una manera de demostrar que eres suficiente.

O en la herramienta que utilizas para silenciar necesidades que no quieres escuchar.

La disciplina puede sostenerte.
Pero no debería necesitar destruirte para hacerlo.

EL CAMBIO EMPIEZA CUANDO DEJAS DE PREGUNTAR “¿QUÉ ME PASA?”

Durante años puedes mirar tus patrones y pensar:

“¿Por qué soy así?”

“¿Por qué no puedo controlarme?”

“¿Por qué siempre vuelvo al mismo lugar?”

Pero existe una pregunta mucho más útil:

“¿Qué aprendí para llegar hasta aquí?”

Esa pregunta cambia el tono completo de la conversación.

Ya no estás buscando un defecto.

Estás buscando una historia.

Ya no estás intentando demostrar que hay algo mal en ti.

Estás intentando comprender qué función tuvo aquello que hoy quieres transformar.

Cuando dejas de verte como el problema,
puedes empezar a trabajar con la verdadera raíz del patrón.

ANTES DE EXIGIRTE MÁS, HAZ UNA PAUSA

La próxima vez que sientas que “fallaste”, prueba no responder inmediatamente con un nuevo plan.

Pregúntate:

¿Qué ocurrió antes de abandonar lo que quería sostener?

¿Qué estaba sintiendo?

¿Estaba cansada, saturada, triste, ansiosa o sola?

¿Qué necesidad estaba intentando resolver?

¿Qué parte de este cambio se siente difícil o amenazante?

¿Necesito realmente más disciplina o necesito más apoyo?

No necesitas utilizar estas preguntas para justificar todo lo que haces.

Utilízalas para comprenderte.

Porque comprender una conducta no significa resignarte a ella.

Significa dejar de intentar transformarla a ciegas.

EL CAMBIO REAL NECESITA ALGO MÁS PROFUNDO

Puedes obligarte a hacer algo durante un tiempo.

Pero sostener una forma diferente de vivir requiere más que obediencia.

Requiere conocerte.

Aprender a regularte.

Reconocer tus necesidades.

Construir límites.

Crear nuevas respuestas.

Y poco a poco convertirte en alguien que ya no necesita utilizar las mismas estrategias para sentirse a salvo.

Para mí, ahí comienza el cambio más profundo: no cuando consigues obligarte a actuar diferente, sino cuando empiezas a construir dentro de ti las condiciones que hacen posible responder de una manera nueva.

El cambio que se sostiene no nace solamente de hacer algo diferente.
También nace de aprender a relacionarte diferente contigo.

QUIZÁ NUNCA TE FALTÓ FUERZA DE VOLUNTAD

Quizá llevas años intentando ser más fuerte cuando ya has sido fuerte durante demasiado tiempo.

Quizá no necesitas otra batalla.

Quizá necesitas aprender a escucharte antes de exigirte.

Comprender antes de corregir.

Sostener antes de controlar.

Y construir una relación contigo en la que el cambio no dependa constantemente del miedo a volver a fallar.

Tal vez el cambio nunca necesitó comenzar con más fuerza.
Tal vez necesitaba comenzar con más comprensión.

No siempre necesitas más fuerza de voluntad.
A veces necesitas comprender qué parte de ti todavía necesita aquello que estás intentando dejar atrás.
CONTINÚA EXPLORANDO Volver a la Biblioteca →