Hay conductas que juzgamos sin preguntarnos qué función cumplen.

Comer sin hambre.

Buscar algo dulce después de un día difícil.

Sentir una urgencia por comer cuando estás sola.

Abrir la nevera después de una discusión.

Comer cuando estás cansada, frustrada o emocionalmente saturada.

Y casi siempre la primera interpretación es:

“No tengo suficiente fuerza de voluntad.”

Pero quizá llevas años intentando eliminar una conducta sin comprender primero por qué apareció.

A veces aquello que más quieres dejar de hacer
fue precisamente lo que alguna vez aprendiste a hacer para protegerte.

NO TODAS LAS PROTECCIONES PARECEN PROTECCIÓN

Cuando pensamos en protegernos, imaginamos alejarnos de un peligro.

Decir que no.

Poner un límite.

Defendernos.

Pero también existen protecciones mucho más silenciosas.

Distraerte para no pensar.

Mantenerte ocupada para no sentir.

Dormir para desconectarte.

Complacer para evitar conflicto.

Y sí:

comer para cambiar momentáneamente cómo te sientes.

Una conducta puede hacerte daño hoy
y aun así haber nacido como una forma de ayudarte ayer.

LA COMIDA PUEDE CREAR UNA PAUSA

Hay días en los que no sabes cómo detenerte.

Sigues trabajando.

Resolviendo.

Cuidando.

Pensando.

Cumpliendo.

Hasta que comes.

Entonces, por unos minutos, paras.

Te sientas.

Cambias de actividad.

Tu atención se mueve hacia otra cosa.

Y quizá esa comida que después juzgas fue también el único momento del día en el que te permitiste detenerte.

A veces la comida no está pidiendo más disciplina.
Está revelando cuánto te cuesta darte permiso para parar.

LA COMIDA TAMBIÉN PUEDE AMORTIGUAR LO QUE SIENTES

Hay emociones que pueden sentirse demasiado intensas.

Ansiedad.

Soledad.

Enojo.

Frustración.

Tristeza.

Vacío.

Si nunca aprendiste qué hacer con ellas, tiene sentido que buscaras algo que ayudara a disminuir su intensidad.

Comer puede ofrecer una experiencia sensorial inmediata.

Sabor.

Textura.

Placer.

Distracción.

Por un momento, tu atención se desplaza.

Y eso puede sentirse como alivio.

Tal vez no estabas intentando llenarte.
Tal vez estabas intentando sentir un poco menos.

LO QUE FUNCIONA SE APRENDE

Imagina que un día estás triste y comes algo.

Durante unos minutos te sientes mejor.

Otro día ocurre algo parecido.

Vuelves a comer.

Y vuelve a aparecer un pequeño alivio.

Poco a poco se crea una asociación.

Malestar.

Comida.

Alivio.

No necesitas decidir conscientemente:

“A partir de ahora utilizaré la comida para regular mis emociones.”

Simplemente ocurre.

Tu sistema aprende aquello que funciona.

Y después lo repite.

Lo automático no siempre nació de falta de control.
Muchas veces nació de repetición.

PROTEGERTE TAMBIÉN PUEDE SIGNIFICAR NO SENTIRTE SOLA

La comida tiene algo particular.

Está disponible.

No te juzga.

No se va.

No necesitas explicarle lo que te ocurre.

No tienes que pedir permiso para acercarte a ella.

Por eso, para algunas personas, comer puede convertirse en una especie de compañía emocional.

No porque realmente sustituya un vínculo.

Sino porque durante unos minutos reduce la sensación de vacío.

A veces no buscas comida.
Buscas la sensación de no estar completamente sola con lo que sientes.

QUIZÁ APRENDISTE A PROTEGERTE SIN PEDIR AYUDA

Si desde pequeña aprendiste a resolver sola, quizá pedir ayuda nunca se sintió natural.

Tal vez aprendiste a no molestar.

A no necesitar demasiado.

A no mostrar vulnerabilidad.

A encontrar formas privadas de calmarte.

Y la comida podía cumplir exactamente esa función.

No requería conversación.

No requería exponerte.

No requería reconocer frente a nadie:

“No estoy bien.”

A veces aprendemos a calmarnos en secreto
porque nunca aprendimos que también podíamos ser sostenidas.

ENTENDER LA FUNCIÓN CAMBIA LA PREGUNTA

Cuando miras la conducta solamente desde fuera, la pregunta suele ser:

“¿Cómo dejo de hacer esto?”

Pero cuando empiezas a comprender su función, aparece otra pregunta:

“¿Qué está haciendo esto por mí?”

Esa pregunta fue muy importante en mi propio proceso.

Porque me permitió dejar de mirar la comida únicamente como algo que tenía que controlar y empezar a observar qué ocurría dentro de mí antes de buscarla.

¿Qué estaba sintiendo?

¿Qué necesitaba?

¿Qué estaba intentando evitar?

¿Qué alivio estaba buscando?

Cuando entiendes qué función cumple una conducta,
puedes empezar a construir otras formas de responder a esa misma necesidad.

NO NECESITAS ARRANCAR LA PROTECCIÓN DE GOLPE

Si la comida ha sido durante años una herramienta para regularte, intentar quitarla a la fuerza puede generar todavía más tensión.

Porque estás eliminando una estrategia antes de haber construido alternativas.

Imagina decirle a una parte de ti:

“Esto que utilizabas para calmarte ya no está permitido.”

Pero no ofrecerle nada en su lugar.

Es comprensible que aparezca resistencia.

Por eso el cambio no tiene que comenzar con prohibición.

Puede comenzar ampliando tus recursos.

Respirar.

Pedir apoyo.

Descansar.

Poner un límite.

Salir a caminar.

Escribir.

Reconocer una emoción.

Permitir que alguien esté contigo.

No se trata de quitarte una protección.
Se trata de ayudarte a necesitarla cada vez menos.

PUEDES AGRADECER LO QUE HIZO POR TI SIN NECESITARLO PARA SIEMPRE

Esta parte puede resultar extraña.

¿Cómo vas a agradecer una conducta que tantas veces te hizo sentir culpa?

No agradeces las consecuencias.

Reconoces la intención.

Tal vez comer te ayudó a atravesar noches difíciles.

Momentos de soledad.

Estrés.

Etapas en las que no sabías cómo expresar lo que sentías.

Quizá fue una solución imperfecta.

Pero fue una solución disponible.

Con el tiempo comprendí que reconocer esa función cambia profundamente la manera en la que nos relacionamos con nuestros patrones.

Podemos dejar de atacarlos y empezar a preguntarnos qué necesitaríamos hoy para no depender de ellos de la misma manera.

Puedes reconocer que algo te protegió
y al mismo tiempo decidir que hoy quieres aprender una forma diferente de cuidarte.

ANTES DE JUZGAR EL IMPULSO, ESCÚCHALO

La próxima vez que aparezca una urgencia por comer, intenta no empezar inmediatamente con:

“Otra vez estoy haciendo lo mismo.”

Haz una pausa.

Y pregúntate:

¿Qué ocurrió justo antes de querer comer?

¿Qué estoy sintiendo ahora mismo?

¿Qué cambiaría dentro de mí si comiera?

¿Estoy buscando placer, descanso, alivio, compañía o desconexión?

¿Hay otra cosa que podría darme junto con —o antes de— la comida?

No necesitas encontrar siempre una respuesta.

Tampoco necesitas decidir que no vas a comer.

El objetivo es empezar a conocerte.

La pausa no existe para prohibirte.
Existe para devolverte la posibilidad de elegir.

CUANDO DEJAS DE VERTE COMO EL PROBLEMA

Algo cambia cuando dejas de interpretar cada impulso como una prueba de que hay algo mal en ti.

Puedes empezar a sentir curiosidad.

A observar patrones.

A reconocer necesidades.

A descubrir qué situaciones activan determinadas respuestas.

Y poco a poco, aquello que antes parecía completamente automático empieza a tener espacio.

Espacio para observar.

Espacio para sentir.

Espacio para elegir.

Quizá nunca necesitaste más fuerza para luchar contra ti.
Quizá necesitabas comprender qué parte de ti estaba intentando protegerte.

Comer también puede ser una forma de protección.
Y cuando comprendes qué intentaba protegerte, puedes empezar a ofrecerte algo que quizá necesitabas desde hace mucho tiempo: nuevas formas de sentirte a salvo.
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