¿Cuántas veces te has mirado al espejo buscando aquello que necesitas cambiar?

El abdomen.

Las piernas.

Los brazos.

El número de la báscula.

Esa parte de tu cuerpo que inmediatamente captura tu atención.

A veces ocurre tan rápido que ni siquiera somos conscientes de ello.

Nos miramos y evaluamos.

Comparamos.

Corregimos.

Juzgamos.

Y después seguimos con nuestro día sin preguntarnos qué se siente vivir dentro de un cuerpo que constantemente está siendo observado como un problema.

Quizá no necesitas cambiar inmediatamente lo que ves.
Quizá necesitas cambiar la manera en la que has aprendido a mirarlo.

NO NACISTE MIRANDO TU CUERPO CON JUICIO

Hubo un momento en el que tu cuerpo simplemente era tu cuerpo.

Corrías.

Jugabas.

Sentías hambre.

Descansabas.

Te movías sin preguntarte constantemente cómo te veías mientras lo hacías.

Después empezaste a recibir información.

Comentarios.

Comparaciones.

Miradas.

Ideales de belleza.

Conversaciones sobre dietas.

Opiniones sobre qué cuerpos eran considerados bonitos, aceptables o deseables.

Y poco a poco pudiste empezar a mirarte desde afuera.

Ya no solamente habitabas tu cuerpo.

También comenzaste a evaluarlo.

Muchas de las cosas que hoy piensas cuando te miras
no comenzaron frente al espejo.
Fueron aprendidas mucho antes.

EL ESPEJO NO SIEMPRE DEVUELVE SOLAMENTE UNA IMAGEN

Cuando te miras al espejo, no necesariamente estás viendo únicamente tu cuerpo.

También pueden aparecer años de experiencias.

La comparación con otra mujer.

El comentario que alguien hizo cuando eras pequeña.

Una talla que alguna vez quisiste alcanzar.

La versión de ti que recuerdas de otra etapa de tu vida.

Las veces que te dijeron:

“Te ves mucho mejor así.”

O las veces que aprendiste a interpretar una mirada como evidencia de que había algo incorrecto en ti.

Por eso dos personas pueden mirar exactamente el mismo cuerpo y tener experiencias completamente diferentes.

Porque no estamos mirando solamente con los ojos.

También miramos desde nuestra historia.

CUANDO TU CUERPO SE CONVIERTE EN UN PROYECTO

Durante años puedes vivir pensando:

“Cuando baje de peso…”

“Cuando vuelva a verme como antes…”

“Cuando consiga el cuerpo que quiero…”

Entonces haré las fotos.

Entonces usaré esa ropa.

Entonces iré a la playa.

Entonces me sentiré segura.

Entonces disfrutaré.

Sin darte cuenta, empiezas a posponer partes de tu vida hasta que tu cuerpo cumpla determinadas condiciones.

El cuerpo deja de sentirse como el lugar desde el que vives y empieza a sentirse como un proyecto que nunca termina.

Siempre hay algo que corregir.
Siempre algo que mejorar.
Siempre una versión futura que parece merecer más tu vida que la actual.

TU CUERPO HA SIDO MUCHO MÁS QUE SU APARIENCIA

Hubo un momento en mi propio proceso en el que tuve que hacerme una pregunta diferente.

En lugar de preguntarme únicamente:

“¿Cómo quiero que se vea mi cuerpo?”

tuve que empezar a preguntarme:

“¿Qué ha hecho este cuerpo por mí?”

Y esa pregunta cambió algo.

Porque mi cuerpo había estado conmigo en cada etapa.

Me había sostenido cuando me sentí sola.

Cuando cargué responsabilidades.

Cuando confundí control con seguridad.

Cuando utilicé la comida para no sentir.

Incluso estuvo conmigo durante todos los años en los que yo misma lo trataba como si fuera mi enemigo.

Mi cuerpo nunca había sido solamente aquello que yo veía.
También había sido el lugar que sostuvo todo lo que viví.

En mi libro llego precisamente a esa comprensión: el cuerpo que durante tanto tiempo juzgué no era el problema. Había sido el contenedor de mi historia.

NO TIENES QUE OBLIGARTE A AMAR TU CUERPO

A veces cambiamos una exigencia por otra.

Primero pensamos:

“Tengo que cambiar mi cuerpo.”

Y después escuchamos:

“Tienes que amar tu cuerpo tal como es.”

Pero ¿qué ocurre si todavía no puedes?

Entonces aparece una nueva sensación de fracaso.

No solamente no te gusta todo lo que ves, sino que ahora parece que tampoco estás haciendo bien la aceptación.

No necesitas obligarte a sentir algo que todavía no sientes.

Puedes empezar desde un lugar mucho más honesto.

No tienes que amar cada parte de tu cuerpo para dejar de maltratarlo.

Puedes comenzar respetándolo.

Escuchándolo.

Dejando de insultarlo.

Alimentándolo.

Permitiéndole descansar.

Vistiéndolo hoy, no solamente cuando cambie.

Dejando de convertir cada espejo en un examen.

DE MIRARLO A ESCUCHARLO

Existe otra manera de relacionarte con tu cuerpo.

En lugar de preguntarte constantemente cómo se ve, puedes empezar a preguntarte cómo se siente.

¿Estoy cansada?

¿Tengo hambre?

¿Estoy tensa?

¿Necesito movimiento?

¿Necesito parar?

¿Qué ocurre en mi respiración cuando me exijo demasiado?

¿Qué siento en el estómago cuando digo que sí queriendo decir que no?

¿Qué pasa dentro de mí cuando como sintiéndome culpable?

Estas preguntas cambian completamente la relación.

Porque ya no estás observando tu cuerpo solamente desde afuera.

Estás empezando a habitarlo desde adentro.

Tu cuerpo deja de ser un objeto que observas
y empieza nuevamente a convertirse en un lugar que escuchas.

PRUEBA MIRARTE SIN CORREGIRTE

La próxima vez que estés frente al espejo, prueba algo sencillo.

Mírate durante unos segundos sin buscar inmediatamente qué cambiar.

Observa qué pensamientos aparecen.

Y pregúntate:

¿Qué es lo primero que critico cuando me miro?

¿De quién aprendí que esa parte de mi cuerpo era un problema?

¿Estoy viendo mi cuerpo o estoy viendo una expectativa?

¿Qué cosas ha vivido conmigo este cuerpo?

¿Cómo cambiaría mi relación con él si dejara de tratarlo como un enemigo?

No necesitas responder perfectamente.

Solo observa.

Porque quizá durante años has mirado tu cuerpo para corregirlo, pero pocas veces te has detenido a conocerlo.

PUEDES QUERER CAMBIAR SIN ODIARTE

Reconciliarte con tu cuerpo no significa renunciar a tus deseos.

Puedes querer sentirte más fuerte.

Tener más energía.

Cambiar determinados hábitos.

Cuidar tu salud.

Incluso puedes desear cambios físicos.

La diferencia está en el lugar desde el que empiezas.

Una cosa es decir:

“Tengo que cambiar porque así no soy suficiente.”

Y otra muy distinta:

“Quiero cuidarme porque este cuerpo también merece mi cuidado.”

El comportamiento puede parecer parecido desde fuera.

Pero emocionalmente nace de un lugar completamente diferente.

No necesitas odiar tu versión presente para construir una versión diferente.

HACER DE TU CUERPO UN HOGAR

Para mí, esta es una de las transformaciones más profundas.

Dejar de vivir el cuerpo como un campo de batalla.

Dejar de entrar en él solamente para corregirlo.

Dejar de esperar a que tenga determinada forma para sentir que puedes pertenecer.

Y empezar a convertirlo en hogar.

Un hogar no tiene que ser perfecto para ser hogar.

Tiene que ser un lugar donde puedas quedarte.

Donde puedas escucharte.

Donde no tengas que estar defendiéndote permanentemente de tu propia mirada.

Tu cuerpo ha estado contigo durante toda tu historia.

Quizá ha llegado el momento de que tú también estés con él.

Tal vez mirar tu cuerpo con otros ojos no significa verlo perfecto.
Significa dejar de verlo como tu enemigo y empezar a reconocerlo como el lugar que siempre ha estado contigo.
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